No me lo recuerdes mami, que no quiero dejar de sorprenderme.

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La tarde de hoy siempre me ha parecido un poco tensa. Como la de todos los días que hay un acontecimiento importante. Los momentos de antes no cuentan.

Hoy es cinco de enero y voy a ir de cabalgata a gritarle al rey mago, Gaspar. Que es el que nadie nombra. El rey de los incorrectos. Ni es el mayor, el sobrio, el blanco. Ni es el tierno negrito…es el de la tierra de nadie, por eso siempre me ha ganado para sí, es que a mí me gustan las grandes minorías, me agobian las aglomeraciones. Y esta noche, le gritaré  más que nunca.  Este año ya  he pasado por el trance. Mi hija ya me ha puesto en la tesitura de despellejar sus ilusiones y hemos sobrevivido. No me quiero atribuir todo el mérito. Gran parte lo tiene ella.  Por ser como es. Es así como yo digo una “Yo  vivo cantando” (Salomé, Eurovisión 1969) esa es ella. Con ¡gey! y golpe de cadera, si la vida no le deja  ver lo que quiere. Como es el caso.

Ya va a cumplir diez años y en el colegio ya no podía taparse más las orejas, que no el oído, ante tanto rumor de pasillo. Ella tenía un argumento imposible de superar. Mi madre jamás me hubiese comprado una Nintendo, o una Monster, y las tengo. Y mi padre no sabe árabe y todos los años recibo una carta en ese idioma.  Pero en las escaleras de El Corte Inglés, una tarde de este mes de noviembre, me miró fijamente. Con la esperanza infinita de que su madre le mostrase el cielo de sus deseos, me preguntó a bocajarro aseverando primero un “no me mientas, mamá” que me dejo muda ¿Los Reyes Magos sois vosotros?

Porras, no, no estoy preparada para afrontar el momento de romper las ilusiones y asumir que el tazón de inocencia que me habían dado para ella se está terminando. Pensé de forma rápida tragando saliva y sin poder responder. Ella seguía mi mirada con  una fijeza insoportable. Carraspeé, balbuceé y le pregunté. ¿Pero si tú crees, porque me preguntas? ¿Lo habéis estado comentando en clase? ¡Puff! Respuesta fallida. Ella hila enseguida las ideas. Contestación con preguntas=Sí. Declaración sin paliativos. Las cajas se cayeron hasta la barbilla y las lágrimas empezaron a brotar sin consuelo. Me sentí morir, pero no había admitido nada, era mi única excusa. Llegamos a casa, se encerró en su cuarto, enterrada entre almohadas y peluches. Y yo, que no callo ni debajo del agua, asistí impotente al derrumbe de su visión mágica de la vida que había resistido hasta ese mismo instante; porque no tuve una respuesta clara y directa que darle.

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Esa noche cenaba en casa José Mª, su abuelo postizo. Del que me valgo, porque no cuento con un padre para cubrir esos momentos de angustia, que todos tenemos, también en  los de alegría, que haberlos hay los, me acompaña. Con esas manos expresivas, firmes, con las que yo le he visto siempre sostener su pincel. Destapó la cabeza de mi peque. Y la voz, que conmigo fue siempre realista y directa, se tornó cálida. Le habló despacio de los secretos, de  las cadenas de guardadores de secretos. De ser la depositaria de la magia para los más pequeños, de que de esa forma los magos de Oriente siguen perdurando y se hacen inmortales. La colocó en la cúspide de la cadena mágica, la hizo depositaria de la esencia de los deseos de los demás. Yo salí del cuarto y les dejé aliviada. Qué peso me había quitado de la garganta. Con un golpe de muñeca siempre había conseguido fascinarme en sus lienzos, con una caricia de su voz había conseguido liberarme de mi frustración ante mi hija.

Pues no. No creáis que colorín, colorado. Nosotros cenamos, ella se durmió. Y a la mañana siguiente Cas, comenzó a hablar como si ayer nunca hubiese existido. Ha pasado las Navidades hablando, como si tal cosa, de su carta. De lo que ”se  iba a pedir”. Incluso cuando le he insinuado que algo era un poco caro, me ha contestado que se lo pediría a los reyes.

Ayer me vio llegar a casa con paquetes y se inquietó. Me interrogó. Procedencia, destino. Aturdida le contesté no soy la reina maga, no puedo salir a comprar un día. Se paró en seco y me dijo entre digna y compungida. No me lo recuerdes mami. Y se fue.

 

Hemos sobrevivido pensé. Bien iremos a la cabalgata, le gritaré a mi rey y veré sus ojos perderse con los míos en la noche más Mágica.  Porque no hay más que querer creer y mandar a rodar de un caderazo lo que te lo impida.

Este año en El Obrador de ideas hemos colaborado con Aragón Radio, en el proyecto La Noche más Mágica. Tengo un amigo que no sé si será fan de mi rey, pero que, como a mí, le fascina esta noche y le encanta hablar. Carlos Espatolero, locutor de radio e impulsor de este proyecto, que hoy me permite darle un caderazo a las preguntas recurrentes de este día. Porque no, no han sido los de siempre los que han reunido los regalos para los niños. Pero sobre todo para los mayores, que al final de la vida quieren seguir  creyendo. Yo he visto a muchos venir aquí y traer  cosas con la ilusión de conseguir que hoy nadie se quede sin regalos. Ni grande, ni pequeño. Ni lleno de familia, ni rodeado de cuidadores en una residencia.  Porque solo hace falta querer creer. Gracias Carlos, Gracias Aragón Radio, gracias a todos los voluntarios de la Hermandad del Refugio, Los hermanos de la Cruz Blanca y Cáritas. A todos los que han respondido a la llamada de este proyecto y han traído un paquete. Yo esta tarde estoy segura de que cada uno se transformará en una gran sonrisa. Gracias. Porque yo también quiero vivir cantando, vivir soñando.

 

 

 

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