La vida entre fogones

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En mi despacho guardo cosas increíbles. Fundamentalmente libros y prototipos para talleres. Objetos que le hacen parecer un bazar persa, entre los que yo me siento en casa. Un de esos objetos sorprendentes es un pequeño banco de madera blanca. Como un escalón. Nadie puede imaginar por qué lo tengo ahí. Ni qué es, porque el techo no es muy alto y no hay nada por lo que se justifique su presencia. Pero para mí es algo imprescindible. Lo guardo con un gran cariño y lo miro siempre que tengo que imaginar algo. Como un objeto chamánico que me hace entrar en el trance de mi infancia. Casi como Alicia al otro lado del espejo.

Y es que en ese banquillo me han subido a mí, las manos de una de mis mujeres favoritas. Mi Abuela.

Hasta hace unos años, no muchos, “las mujeres” se preparaban para cocinar en casa. Era una cuestión de género.

Hasta que no sepas freír un huevo.

Era una frase que se le repetía a las chicas para simbolizar que su madurez llegaría cuando fuesen diestras en la cocina.

Así que las mujeres se hacían con el control de la casa a través de los estómagos. La historia de una familia se podía relatar leyendo el fondo de sus pucheros. Y Los olores y sabores definían el alma de la familia. Mi abuela tenía una cocina llena de luz. Con baldosas blancas y visillos con topos verdes. Como las de las ilustraciones de los cuentos. Y había hecho de la cocina un arte que se basaba en el resolver.

¿Qué hay de comer hoy?

Guiso de lo que haya.

Con un pollo, dos cebollas, un diente de ajo, alguna verdura, tomate y especias, hacía que tu paladar se vistiese de fiesta mayor. Mi madre era más detallista, más de exquisiteces y cálculos. Mi tía era la de experimentar y buscar recetas y mi prima Carmen, la que introdujo las comidas exóticas y la alimentación biológica en casa. Vamos, que ese banco vivió momentos gloriosos. Mis primeros pinitos en la cocina los hice yo con muy corta edad. Revestida con un delantal que podía darme dos vueltas, con un fondo melodioso de “aquellos ojos verdes”. Lo primero que recuerdo hacer fue una tortilla de patata, una noche de verano sobre aquel banquillo, de la mano de una mujer divertida y maravillosa, mi abuela.

Como digo, la vida se puede resumir en los platos que la han nutrido. Hoy, a Dios gracias, la vida ha ampliado sus miras y la cocina no es territorio comanche. Cetro y grillete de la casa. Las mujeres y los hombres comparten el placer de sus secretos. Y cuando parecía que la comida rápida nos invadía, la sociedad ha reivindicado el buen comer. Hoy, ser cocinero no es para raritos o para anodinas y grises amas de casa. Hoy los cocineros están en las portadas de las revistas de moda y la televisión populariza la cocina de calidad. Slow food, un concepto que nos reconcilia con nuestras necesidades y que nos humaniza. Que abre los fogones a hombres y mujeres y que mejora las perspectivas de salud de la población a largo plazo.

Somos lo que comemos. Es una realidad que se está conociendo y cuidando en estos últimos tiempos.

El Obrador de Ideas fue un espacio pionero en este campo cuando, ya en el 2008, comenzamos a realizar talleres de cocina para niños y niñas. Talleres en los que hacer un bizcocho llenaba de contenido una tarde de cumpleaños. Luego vinieron cocinas que nos descubrían otras culturas, talleres de cocina básica, etc. Demostramos lo que hoy gracias a estos nuevos programas de televisión han revelado las audiencias. Que a los niños les encanta cocinar, mancharse las manos. Que la mejor manera de aprender a comer es preparar la comida. Y que todos perdemos los prejuicios cuando la cocina gana prestigio ante las cámaras y dignificamos así el trabajo callado y nunca bien valorado de tantas madres y abuelas.

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Por todo esto, hoy os presentamos El club de cocina de El Obrador de Ideas. No dejes pasar esta oportunidad de disfrutar, aprender y vivir experiencias. Cocina con nosotros, abre sus sentidos y educa su paladar.

Esto va por ti Fanny. Hoy me has subido de nuevo al banquito. Gracias.

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